“Yo era medio pelotudón”
El ex intendente cordobés evoca sus tiempos de adolescente, cuando encaraba chicas junto a su hermano mellizo, “rubio, de ojos celestes y fachero”. Se define como un “laburante de pico y pala con las minas”. Recuerda lo bueno y lo malo de hacer el Liceo Militar en plena dictadura. Y confiesa que la enfermedad de su hija le cambió la vida, para bien.
Luis Juez no para ni un segundo. Cada vez que su celular suena, frunce la boca y se acomoda en la silla. Fija los ojos en el teléfono y se cruza de brazos para resistirse a agarrar el aparatito, que comienza a deslizarse por la mesa. Pero levanta la mirada y corre a atender. Apenas corta, se disculpa y continúa su verborrágico relato.
–Usted se caracteriza por tener sentido del humor, ¿en qué momentos ese humor desaparece?
–Tengo salidas humorísticas o momentos de buen humor, pero eso no significa que sea siempre así. Se me chifla el moño con mi mujer, que tiene una facilidad increíble para romperme las pelotas. Me pone de mal humor que me hostiguen por estupideces. Enseguida se me va. Yo tengo una beba especial, Milagros, que tiene hipoxia cerebral, y me embola que me digan: “Yo estoy todo el día con Milagros, me dedico todo el día a ella. Vos no estás en casa”. Como si yo no estuviera haciendo cosas que también tienen que ver con ella.
–¿Lo hace sentir culpable?–Sí, porque además es verdad.
–¿Cuántos hijos tiene?–Cuatro. Una hija, Carla, que nació de una relación de 19 años atrás. Después me casé y tuve tres hijos más: Agustina (13), Martín (11) y Milagros (7).
–¿Tiene relación con Carla?
–(Duda.) No, ella vive con su madre. Yo después de cinco años me casé y ahí hice la familia que tengo ahora.
–Volviendo al comienzo, que lo hagan sentir culpable lo pone de mal humor...
–Y... ustedes son especialistas en el tema. Saben dónde tocar, encima los chicos enseguida se ponen de aliados.
–Si las cosas no le salen como las tiene pensadas, ¿se molesta?
–No, soy un inútil con las manos. Mi mujer me dice: “Por favor, no lo arreglés porque lo hacés de goma”. Yo diría que en general soy un voluntarioso.
–¿Recuerda su mayor desilusión?
–Fue con un amigo que está en la política. Pensé que la amistad estaba por encima de todo.
–¿Qué cosas lo ilusionan?
-Me ilusiona la Justicia, por eso volví a trabajar de abogado.
-¿Todas sus ilusiones están asociadas con su profesión o su carrera política?
-Y... El otro día hacía tanto frío en Córdoba que caían pingüinos de hielo y mi mujer me dijo: “¡Qué ganas de comer un puchero! Yo no dije nada. Ella enseguida me empezó a decir: “¡No tenés ganas de nada!”. Claro, ella siempre tiene un motivo para encularse e iniciar la tercera guerra mundial. Lo que sí me gusta es comprar. Soy un comprador compulsivo.
-¿Qué le gusta comprar?
–Soy un enfermo con las corbatas y con la ropa. Ahora se me dio por comprarme un tipo de ropa. Me hago el leñador y para colmo con mi tamaño soy leñador de bonsai. Mi mujer dice: “¡Dejá de disfrazarte!”. Me compro todo de la misma marca durante un año, hasta que me desilusiono y cambio.
–¿Cuántas corbatas tiene?
–Tengo más corbatas que (Raúl) Lastiri. Me encantan. Debo tener doscientas. Las tengo todas amontonadas.
–¿Pero las usa?
–Todas las uso por lo menos una vez. Las guardo con nudo porque no sé hacer nudos. Por eso compro la corbata y le pido al vendedor que le haga el nudo. Ya me viene con nudo puesto. Las uso dos o tres veces, las dejo en la tintorería y luego las llevo a la misma casa donde las compré y les pido que les hagan el nudo.
–¿Pasa mucho tiempo delante del espejo?
–Cuando tenía pelo sí. Ahora ya no. Sí soy reaplicado en mi higiene personal. Tal vez estoy una hora bañándome. Cuando era intendente me hice colocar teléfono en todos lados, incluido el baño.
–¿Y cuáles son sus momentos de ocio?
–Tengo un defecto terrible: no sé disfrutar de la vida. Y Dios me mandó a Milagros para cambiar. No tengo paciencia, soy hiperactivo y ansioso. Eso me impide disfrutar de las cosas.
–¿Por qué dice que Milagros le cambió la vida?
–Lo de Milagros fue una cosa terrible. Nació prematura. A mi mujer se le adelantó el parto con 26 semanas. Y la beba nació con un kilo y luego pasó a pesar seiscientos gramos. Estuvo cuatro meses y medio internada en terapia intensiva. La fue peleando mucho y producto de la hipoxia tiene muchos problemas, no camina ni habla. Yo no sé cuándo caminó Agustina ni cuándo se sentó Martín, pero con Milagros estoy permanentemente pensando en todo eso. Cambié. Siempre fui honesto, pero Milagros me hizo híper honesto. Siempre fui justiciero, ahora soy más.
–¿Qué lo ayudó a atravesar esa situación?
–Primero me pregunté: “¿Por qué a mí? Y después dije: “Gracias a Dios”. Tener una criatura especial te pone en un nivel de sensibilidad increíble. Al mismo tiempo, no pasa un día de mi vida sin que piense qué va a ser de Milagros si me pasa algo. Es más, con mi mujer llegamos a pensar en tener un hermanito más para que la cuide por si nos pasara algo. Requiere de todo el afecto y la concentración. Por eso valoro muchísimo a mi esposa.
–Según entiendo usted tuvo una niñez y una adolescencia muy sacrificadas, ¿cree que eso incidió en el modo de afrontar los problemas?
–Mi papá era un tipo jodido. Un pan de Dios pero un tipo de carácter. Éramos una familia muy humilde. Somos seis: tres varones y tres mujeres. Todo nos costó mucho, nadie nos regaló nada. Mi papá era un suboficial y mi mamá una ama de casa. Por momentos estábamos bien y por otros en una crisis terrible. La educación que yo recibí en mi casa me ayuda todos los días. A mí me encantaría inculcarles a mis hijos los valores que me enseñaron a mí. A mi hermano mellizo y a mí de pedo nos compraron un par de zapatillas.
–Ya que lo menciona, ¿se parece en algo a su hermano mellizo?
–Daniel es la versión full: rubio, de ojos celestes y fachero. Yo soy base con aire. (Risas).
–¿Y sus otros hermanos?
–El más grande es militar.
–Su padre y su hermano eligieron la carrera militar, ¿usted pensó en seguir ese camino?
–(Risas.) Fui al Liceo Militar con mi hermano Daniel. Del 76 al 81. Íbamos a ir a hacer la carrera militar. Justo se dio la época en que terminaba la dictadura y ni yo ni mi hermano queríamos entrar al colegio militar y no sabíamos cómo decirle a mi papá. Fuimos a rendir al colegio y mi hermano se hizo el ciego y yo me hice el sordo. Mi papá decía: “¿Cómo puede ser? ¿Ahora tengo un ciego y un sordo?”. Con el tiempo le dijimos: “Bueno papi, nosotros no queríamos ir...”. “Yo quiero ser abogado”, le expliqué. “Y yo ingeniero”, dijo mi hermano. Su sueño era que sus tres hijos fueran militares. Era un peronista que había estado preso en la revolución del 55. era un peronista ortodoxo. La vida por Perón.
–¿Cómo fue hacer la secundaria en un liceo militar durante la dictadura?
–Fue terrible. Nosotros ni nos enteramos de lo que pasaba. Tal vez vivenciábamos algunas cosas. En el 78, el genocida Menéndez se sublevó y se antrincheró en el liceo. Y siempre había comentarios, pero uno vivía con un gran nivel de ingenuidad. Recién en el 83 supimos lo que pasó.
–¿Qué otras cosas hacía en esa época?
–Jugaba al fútbol. Éramos unos azotes. Un día prendimos fuego mi casa, vinieron los bomberos y se prendió fuego un bombero. ¡Los mellizos Juez éramos terribles! Mi papá decidió mandarnos al liceo porque no había cárcel de menores. (Risas.) Ya más de adolescentes íbamos a los bailes del liceo. Ir ahí era estar en una categoría superior para enganchar minas.
–¿Tenía más éxito por ir al liceo y vestir uniforme?
–¡Sí! En aquella época sí.
–¿Usted era el típico chico que ganaba por ser divertido?
–No crea. Yo lo mandaba a mi hermano que era fachero y yo iba atrás. El que vacunaba era mi hermano, yo sólo de chamuyo. Yo era medio pelotudón.
–¿Alguna vez tuvo que “trabajar” mucho para salir con una mujer?
–¡Sí! Yo soy un laburante. Lo mío es pico y pala. A algunos Dios les dio capacidad e inteligencia y a otros, como a mí, les dio pico y pala.
–¿Qué extraña de esa época?
–El pelo.
–¿Cómo se imagina la vejez?
–Me gustaría que Milagros tuviera algún mecanismo de autodefensa. Y me imagino con nietos.
–¿Alguna vez fue a una vidente para que le leyera el futuro?
–Sí. La vidente me dijo cosas que después se cumplieron, que papá sufría del corazón y que se iba a morir de eso y como él quería, en la cama. Así fue. Me dijo que me iba a recibir en tres años y medio de abogado y así fue. Así un montón de cosas. Otra vez, una gitana le había dicho a mi mamá que yo iba a ser presidente. La vidente me dijo lo mismo. Así que prepárese, esta nota la seguimos en Olivos.